La historia de un corazón cubierto de telarañas, del que se apoderaba el polvo de siglos oscuros y pasados.
Ese corazón pertenecía al protagonista de esta historia.
Cada día hablaba con su psicóloga, aquella que sabía hasta qué champú usaba y también el día que se iba a dormir con unas gotitas de perfume y el que no.
Cada día le hacía, cansado, la misma pegunta: ''¿cómo era que él era?'' Siempre le recetaba la misma medicina y nunca llegó a encontrarla en las farmacias.
Al principio, recorría la ciudad buscándola receta en mano. Meses más tarde, comenzó a pensar que si la buscaba en otras ciudades quizás la encontraría. La puerta de su frigorífico estaba atestada de imanes llenos de fallos de ciudades en las que había estado.
Cada día, incesante, la buscaba y cada día, incesante, hablaba con su psicóloga, aquella que le conocía tan bien, sin resultado alguno
Aquejaba de daño severo en el músculo cardíaco, sus fibras comenzaban a romperse porque estaban oxidadas. Pensó, que un mecánico quizás podría arreglar tal estropicio, pero pronto se dio cuenta que de nada serviría.
Aquellas telarañas eran los puntos de sutura que unían aquellas fibras y la mezcla resultante del polvo y el suero, el pegamento perfecto que unía tal maraña.
Empezó a dejar de visitar tanto a su amiga psicóloga y perdió la esperanza de encontrar aquella cura para el déficit emocional que sufría.
Se miraba al espejo y veía que donde debería estar el motor, su corazón, había una maraña gris que dejaba ver el otro lado de la habitación. Esa transparencia, cada día era más notoria.
Cambió de champú, el olor ya no le convencía y no le dejaba el cuero cabelludo libre de caspa. Las gotitas de perfume se las echaba más frecuentemente y su amiga se cansó de decirle que ya su olor era putrefacto.
Algo olía a podrido, a parte de meramente su olor corporal causa de ese perfume. Cada día se descuidaba más y las válvulas de su corazón estaban más cerradas, ya a penas dejaban pasar la sangre.
La rigidez de su corazón era altísima, necesitaba una intervención de urgencia.
Se encontraba en la UCI, la enfermera entró a saludarle y tranquilizó la situación: ''su enfermedad tiene cura, va a necesitar reposo, pero curará''.
Ya en el quirófano y sedado, entró la médico. ''Nos disponemos a abrir el corazón''. Cogió su bisturí y corte tras corte fue rompiendo la maraña formada por el dolor que durante tanto tiempo se había apoderado de aquel corazón.
Fue encontrando el porqué de los fallos en los imanes de su nevera, fue sintiendo el aire que corría en cada lugar que visitó, supo el porqué de no haber podido encontrar tal fármaco en ninguna farmacia. El porqué de su cambio de champú y del uso, cada vez más reiterado, de aquel perfume y de las charlas hasta el amanecer con su amiga psicóloga.
La operación fue un éxito, supo distinguir los colores.
Lo que no supo entonces era que su corazón había sufrido un imposible trasplante parcial y que la mitad de él ya no estaba en su poder.
Ahora tenía conocimientos sobre cardiología y lo agradecía.





